14 noviembre 2005

¡¡NO ME BENDIGA!! ¡¡QUE ME DA ASCO!!

Gustan, algunos de mis amigos, de que les cuente los avatares y aventuras de mi época bohemia y rampante, cuando vivía perdida en la sabana, y era cerril y libre, cual yegua sin desbravar.

Fue por entonces -cuando apenas llevaba una semana en Kenia, y había ido a parar, por circunstancias de la vida, a una aldea Samburu-, cuando conocí en carnes propias el ritual de la bendición de los ancianos que, hasta entonces, me era desconocida.

Feliz y risueña de econtrarme viviendo el sueño que me persiguió durante la infancia y la adolescencia, de volver a la madre, al origen, al África sagrada, bendita y seca, caminaba ufana y ajena a los peligros de una naturaleza donde todo mata, pica, muerde, produce urticaria, asco, fascinación o miedo. Y así las cosas, me encontré con uno de los venerables ancianos de la aldea, que departía con serenidad con uno de los curas con los que compartía yo cabaña.

Ambos me saludaron con entusiasmo, y el padrecito me presentó al anciano, que era hombre sabio y respetable donde los hubiera. El buen hombre, decidió que había llegado el momento de honrarme con una de sus bendiciones, y así me lo comentó sin que yo entendiera nada, mientras el amigo cura ponía cara de jolgorio y hacía de traductor simultáneo al efecto. Así que yo, entusiasmadísima con el recibimiento, me apresté a rendirle mis más humildes reverencias, a la espera de tan valioso regalo espiritual. Y, lo cierto es que, en lo espiritual, tal vez fuera lo más valioso del mundo, pero en lo físico...

El anciano me tomó una mano, que puso con ceremonia con la palma hacia el cielo, e inició una retahíla, mientras hacía teatrales aspavientos con su otra mano. El cura cada vez traducía menos y reía más, y yo me daba cuenta por momentos de que los niveles de alcohol en sangre de aquel buen señor con kanga de cuadros se hacían difíciles de soportar para mi olfato. La arenga se alargó un rato, mientras yo asentía sonriente, inclinando la cabeza a la japonesa, hasta que, de pronto, el anciano samburu calló y yo quedé expectante para, en cuestión de milisegundos, quedar horrorizada, al verle y oirle acumular una abundante flema. Antes de que me diera cuenta, el gargajo salió disparado hasta mi mano. Ni sé cómo pude seguir sonriendo -aunque imagino que la imagen era la de una sonrisa petrificada- mientras veía aquel fluido semi-espeso y verdoso, con tropezones de algún hierbajo que el "bendecidor" había estado rumiando previamente. Mientras contemplaba atónita el esputo en mi mano, me preguntaba si el hombre me habría confundido con un control de alcoholemia.

Ni que decir tiene que creí morir de asco cuando, acto seguido, mi nuevo amigo incrustó la palma de mi mano -y su contenido- sobre mi frente. A estas alturas, el cura ya se desternillaba sin pudor, el maldito, ya que sabía desde el principio lo que iba a sucederme.

Desde mi frente, el anciano condujo mi mano hasta mi pecho, espachurrándolo bien, y aprovechando para apretar sus dedos al tiempo que me mostraba una enorme y complacida sonrisa sin muchos dientes. Y, de nuevo, la mano a la frente, y otra vez al pecho...y, ¡¡así hasta tres veces!!.

Y, por fin, tras sermonearme unos angustiosos minutitos más, en los que yo no deseaba más que limpiarme rápidamente "aquello" de la mano y la frente, me dejó ir en paz con el universo y en conflicto con el respeto por cierto tipo de tradiciones ajenas a mi cultura, que me afectaban al aparato digestivo. Y es que la bendición de los ancianos encoge el estómago a cualquiera... Aunque, al final, acabas haciéndote a ello con cierta resignación... Con tantos ancianos en la zona, y tanta buena disposición para bendecirme... Es el precio por ser nueva en la aldea.