LAS ESCALERAS DEL METRO Y LA SELECCIÓN NATURAL
Estoy convencida de que cuando se diseñan y construyen las escaleras -tanto en los accesos como en los transbordos- del Metro, una maquiavélica mano le imprime la inclinación y estrechez justas para que no lo parezcan pero, en realidad, resulten un peligro para todo el que las suba y, en especial, las baje.
O eso, o somos muy patositos los ciudadanos. Cada día, observo a una o dos personas trastabillar o caerse por las escaleras del Metro. En algunas ocasiones, me ha sucedido a mí también, salvando milagrosamente los dientes -que ya es mérito-, porque no está la economía de una para andar dejándose el presupuesto en implantes. La opción de lucir una sonrisa mellada pierde su gracia cuando superas los 4 ó 5 años de edad.
Mi teoría sobre el oscuro misterio de la verticalidad de las escalinatas en los accesos del Metro, se basa en la darwiniana teoría sobre la selección natural. Ya sabéis: los más fuertes sobreviven (al menos, a la caída). Es decir, que el que no se adapte al medio..., que no se arriesgue con el transporte público, que es una auténtica prueba de lucha por la supervivencia. En este caso, los que tengan dotes de saltimbanqui o la cualidad de efectuar piruetas a lo Matrix o Tigre y Dragón, serán unos aventajados. Si las evoluciones de Jackie Chan en sus películas te parecen una nadería, y tú haces maniobras más complejas y arriesgadas sólo para levantarte de la cama, ¡enhorabuena!: heredarás la Tierra (aunque Gallardón la haya removido toda para sepultar a los conductores, como si escondiéndolos dejaran de existir y sufrir atascos).
Sin embargo, si la biología evolutiva no te ha distinguido con la capacidad de rebotar contra el suelo sin romperte la crisma, o la de quedar suspendido/a en el aire para aterrizar suavemente cuando el suelo desaparece bajo tus pies...., es más segura la opción de circular en bici en sentido contrario por la M-40.
Por supuesto, capítulo aparte merece el hecho de transitar y superar tamaña prueba de equilibrio con tacones.... Las urbanitas constituyen una raza diferente: la súper-evolución de la especie; el más difícil todavía. El colmo de la habilidad motora. El enfrentamiento diario a escaleras empinadas, aceras con extraños y minúsculos baldosines, cual teselas de piscina, en cuyas juntas se retuercen los tacones de la más experta... No hay palabras. Los boquetes, en medio de la calle, que te obligan a hacer las delicias de los obreros que te miran desde la zanja mientras tú tratas de no "esmoñarte", al tiempo que te balanceas sobre el bordillo para alcanzar las inestables planchas móviles de metal, intentando resultar lo más digna posible en tales circunstancias. No sueles conseguirlo. Siempre se te tuerce un poco el tobillo, tropiezas, te escurres y haces unos ridículos aspavientos para mantenerte en pie, al tiempo que los obreros corean: "¡rubia!" o "¡morena!", según sea el caso, "¡que te vas a caer, guapa! Ven paquí, que yo te enderezo". Pero ése, es otro capítulo.
O eso, o somos muy patositos los ciudadanos. Cada día, observo a una o dos personas trastabillar o caerse por las escaleras del Metro. En algunas ocasiones, me ha sucedido a mí también, salvando milagrosamente los dientes -que ya es mérito-, porque no está la economía de una para andar dejándose el presupuesto en implantes. La opción de lucir una sonrisa mellada pierde su gracia cuando superas los 4 ó 5 años de edad.
Mi teoría sobre el oscuro misterio de la verticalidad de las escalinatas en los accesos del Metro, se basa en la darwiniana teoría sobre la selección natural. Ya sabéis: los más fuertes sobreviven (al menos, a la caída). Es decir, que el que no se adapte al medio..., que no se arriesgue con el transporte público, que es una auténtica prueba de lucha por la supervivencia. En este caso, los que tengan dotes de saltimbanqui o la cualidad de efectuar piruetas a lo Matrix o Tigre y Dragón, serán unos aventajados. Si las evoluciones de Jackie Chan en sus películas te parecen una nadería, y tú haces maniobras más complejas y arriesgadas sólo para levantarte de la cama, ¡enhorabuena!: heredarás la Tierra (aunque Gallardón la haya removido toda para sepultar a los conductores, como si escondiéndolos dejaran de existir y sufrir atascos).
Sin embargo, si la biología evolutiva no te ha distinguido con la capacidad de rebotar contra el suelo sin romperte la crisma, o la de quedar suspendido/a en el aire para aterrizar suavemente cuando el suelo desaparece bajo tus pies...., es más segura la opción de circular en bici en sentido contrario por la M-40.
Por supuesto, capítulo aparte merece el hecho de transitar y superar tamaña prueba de equilibrio con tacones.... Las urbanitas constituyen una raza diferente: la súper-evolución de la especie; el más difícil todavía. El colmo de la habilidad motora. El enfrentamiento diario a escaleras empinadas, aceras con extraños y minúsculos baldosines, cual teselas de piscina, en cuyas juntas se retuercen los tacones de la más experta... No hay palabras. Los boquetes, en medio de la calle, que te obligan a hacer las delicias de los obreros que te miran desde la zanja mientras tú tratas de no "esmoñarte", al tiempo que te balanceas sobre el bordillo para alcanzar las inestables planchas móviles de metal, intentando resultar lo más digna posible en tales circunstancias. No sueles conseguirlo. Siempre se te tuerce un poco el tobillo, tropiezas, te escurres y haces unos ridículos aspavientos para mantenerte en pie, al tiempo que los obreros corean: "¡rubia!" o "¡morena!", según sea el caso, "¡que te vas a caer, guapa! Ven paquí, que yo te enderezo". Pero ése, es otro capítulo.

1 Comments:
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Publicar un comentario en la entrada
<< Home